En México se habla mucho de la mala alimentación como si fuera únicamente una cuestión de decisiones individuales. Comer mejor, moverse más, evitar excesos. Todo eso es cierto, pero incompleto. La forma en que comemos no se define solo en la cocina, también se construye todos los días frente a una pantalla. Ahí entra un actor del que se habla menos de lo que debería, la publicidad.
El tiempo que pasamos expuestos a contenidos es alto y constante. Entre televisión, redes sociales y otras plataformas, muchas personas pasan varias horas al día frente a una pantalla. En ese tiempo reciben decenas o incluso cientos de impactos publicitarios. No todos son de alimentos, pero una proporción importante sí lo es. Bebidas azucaradas, productos ultraprocesados, opciones rápidas que se presentan como prácticas y atractivas.
El problema no es solo la cantidad, también es la forma. La publicidad no informa, persuade. Construye asociaciones emocionales, vincula productos con momentos de felicidad, éxito o convivencia. Un refresco no es solo una bebida, se presenta como parte de una experiencia. Un snack no es solo comida, se vuelve premio, descanso o incluso identidad. Ese tipo de mensajes repetidos termina influyendo en hábitos que parecen naturales.
Esto tiene consecuencias claras en la salud. México enfrenta niveles altos de sobrepeso y obesidad, así como enfermedades relacionadas con la alimentación. No es casualidad que muchos de los productos más promocionados sean también los que más contribuyen a estos problemas. La exposición constante genera normalización. Lo que se ve todo el tiempo se vuelve parte de lo cotidiano, incluso si no es lo más saludable.
Aquí es donde aparece la pregunta incómoda. ¿Qué responsabilidad tiene la publicidad en este escenario? No se trata de culparla de todo, pero tampoco de ignorar su influencia. Si existe una estrategia sistemática para posicionar ciertos productos, también debería existir una reflexión sobre sus efectos. Especialmente cuando esos mensajes llegan a públicos vulnerables como niños y adolescentes.
Algunos países han optado por regular ciertos aspectos. Restricciones en horarios, límites a la publicidad dirigida a menores, etiquetados más claros. En México ya existen avances en información al consumidor, pero el entorno publicitario sigue siendo amplio y poco acotado en comparación con el impacto que tiene. La discusión no es sencilla, porque también involucra intereses económicos y libertad de mercado.
Aun así, el punto de fondo permanece. La alimentación no es solo una decisión individual, es el resultado de múltiples influencias. Entre ellas, la publicidad tiene un peso importante. Ignorarla es dejar fuera una parte clave del problema. Regularla en exceso también puede generar tensiones. El reto está en encontrar un equilibrio que permita informar mejor sin dejar de reconocer la realidad del mercado.
Al final, comer bien no debería ser una tarea cuesta arriba. Pero mientras el entorno empuje en sentido contrario, la responsabilidad seguirá recayendo de forma desproporcionada en las personas. La pregunta no es si la publicidad influye, eso ya está claro. La pregunta es qué tanto estamos dispuestos a hacer para que esa influencia no siga jugando en contra de la salud.