Ya (casi) nadie piensa en los poetas

Recuerdo claramente ese día de 2016, estaba en una ciudad de Hidalgo. Había tensión en el ambiente de las redes porque ese día eran las elecciones en Estados Unidos, pero mis colegas y yo decidimos ir al cine para distraernos. Era el martes 8 de noviembre, la tarde, nublada. 

Fiel a mi cinefilia, mi teléfono estuvo en silencio toda la función y cuando salimos de la misma vi muchísimas llamadas y mensajes perdidos de mi compañera, no quería que abriera twitter ni ninguna red hasta que hablara con ella.
“Ganó Trump”, pensé. “¿Qué podría ser peor para el mundo que eso?”.

Marqué, me preguntó si ya sabía, le dije que no, que apenas salíamos del cine. Entonces me pidió calma, como quien pide algo imposible a un santo invisible. Me pidió respirar… yo en mi eterna ansiedad le espeté un “¿qué, ya ganó Trump?”. No, algo peor, me respondió. 

Murió Leonard Cohen. 

Contuve el aliento y toda la devoción que siento por el poeta canadiense se me agolpó en la cabeza. Cohen había muerto durante la noche del 7 de noviembre, durmiendo, como solo los justos merecen morir, en su casa de California. Pero la noticia circuló horas más tarde.
Después nos dimos los pésames. Voltee a ver a mis compañeros que no entendían mi desencajo ni mi palidez. 

Les expliqué: murió el poeta que más quiero. Y justo hoy que parece que el mundo cambiará para siempre. 

Horas después nos enteramos del triunfo de Donald Trump y el desasosiego fue total. 

Cuando alguien como Cohen muere, resuena en el mundo su ausencia, porque su voz nos cruzó a varias generaciones de una manera total, Cohen siempre fue una invitación a mirar el mundo en su complejidad, a no renunciar al carácter político de la palabra y a encontrar, con paciencia, la imagen perfecta que rompa la oscuridad. Cohen es hoy, urgentemente necesario. Volver a sus canciones y a sus letras, volver a escucharlo con paciencia y con el pecho y los brazos abiertos, se hace preciso, hoy que particularmente pareciera que la izquierda ha olvidado a sus poetas y su carácter inherentemente antifascista.

Trump tuvo su primera administración, y ahora apenas a un año de la segunda, empieza a configurarse la conjura de los idiotas contra la belleza en el mundo, ya no hay más causa que el dinero, y eso es justificación suficiente para el odio, la violencia y la guerra. El Fascismo.

Una de las acciones más cuestionadas en su propio país, es la configuración de una especie de Gestapo del siglo XXI llamada ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, por sus siglas en inglés), que opera formalmente como una guardia parapolicial de persecución y detención de personas consideradas migrantes indocumentadas, basada en prejuicios raciales más que en investigación. 

Todo era cuestión de tiempo.
Un día, como en la película de las hermanas Wachowski, V for Vendetta, matarían a alguien inocente y sería grabado. Eso ocurrió antes de ayer. 

 


La víctima de la brutalidad trumpiana fue Renée Nicole Macklin-Good, una joven mujer que intentaba bloquear con su auto el paso de ICE para proteger su comunidad en Minneapolis (a unas cuantas cuadras de donde, en 2020, la policía local había asesinado a George Floyd).


 

Renée Nicole Macklin-Good. Poeta. Artista. Estudiante. Podcaster. Madre de tres hijos. Ciudadana estadounidense. Poeta acusada de terrorismo por el gobierno por tomar la decisión de bloquear el paso de un grupo de agentes que se dedican a destruir familias y a aplicar una política racista y xenófoba y emprender la huida. 

Renée Nicole Macklin-Good, ganó en 2020 el Premio de Poesía Universitaria de la Academia de Poetas Estadounidenses. 

No será la primera vez que un tirano llame terrorista, sedicioso, traidor, a un poeta, a una poeta. Ni la última. Aun incomoda, después de todo.
Y sí, a la izquierda se le anda olvidando la poesía. Pero a la poesía y sus poetas no se les ha olvidado su lugar en el mundo y en la política: defender la belleza y la verdad a costa, incluso de la vida. 

Rest in power, Renée Nicole Macklin-Good. No serás parte del olvido, como la de Cohen, hoy también me conmueve y me sigue moviendo tu muerte. 

 

Aquí dejo el poema con el que ganó el citado premio, la traducción, entiendo es de Andrea Rivas y lo tomé del muro de Facebook del periodista Témoris Greko.


Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdo

quiero de vuelta mis sillas mecedoras,

atardeceres solipsistas,

& sonidos de junglas costeras que son tercetos de cigarras y pentámetros desde las piernas peludas de las

cucarachas.

he donado biblias a las tiendas de segunda mano

(las tiro en bolsas de basura con una lámpara de sal ácida del himalaya

las biblias post bautismo, las que son arrancadas en las esquinas​​

de las calles de las manos carnosas de los fanáticos, las​​

simplificadas, fáciles de leer, parasitarias):

recuerdo mejor el olor preciso a plástico brillante de las fotografías de libro

de texto de biología; cómo quemaban los vellos

de mis fosas nasales,

& la sal & la tinta embarradas en las palmas de mis manos.

bajo cuñas de la luna a las dos cuarenta y cinco AM​​

estudio & repito

ribosoma

endoplasma—

ácido láctico

estambre

En el IHOP de la esquina de powers y stateson hills—

los repetí y escribí hasta que hicieron su camino y se estancaron

en algún sitio al que ya no puedo señalar, tal vez

mis entrañas—

tal vez ahí entre mi páncreas y mi intestino grueso está

el arroyo insignificante de mi alma.

es la regla con la que mido todas las cosas ahora; dura

y astillada por el conocimiento que

solía sentarse con un paño sobre la frente febril.

¿puedo dejarlas ser? esta fe voluble y esta ciencia

universitaria abucheada desde el fondo del

salón

ahora no puedo creer—

que la biblia y el corán y​​ el​​ bhagavad gita están

acomodándome el largo cabello detrás de la oreja como mamá

solía & exhalando desde sus bocas “haz espacio para

el asombro”—

todo el entendimiento se me despeña por la barbilla hacia el pecho

& se resume así:

la vida es solo

un óvulo y un esperma

y el lugar donde se encuentran

y qué tan frecuentemente y qué tan bien

y lo que ahí muere.

 

Aquí puedes consultar la versión original: https://poets.org/2020-on-learning-to-dissect-fetal-pigs?fbclid=IwY2xjawPM3CJleHRuA2FlbQIxMABicmlkETFhcE1KbklvQ3JkNG15djFPc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHpgxIWN7wQ9YcpizFA1I9S1Q0ynh41YZMsITPEqh2Qqr2TjgwazeVxBXIBfq_aem_pAnW3MNM89SNOdmLgMFefw

 



Brahim Zamora Salazar. Es ajonjolí de muchos moles. Le gusta participar de la vida pública de Puebla del lado de la sociedad civil y siempre a la izquierda; además es promotor cultural, tanguero y milonguero, poeta y profesa un profundo amor por el cine. Ha trabajado en medios, ONG e instituciones educativas.
Actualmente, también es director de Común.