A menudo, la narrativa oficial intenta “suavizar” la manifestación del 8M, convirtiéndolo en una celebración de la feminidad o un evento de relaciones públicas o competir en el “feministometro” de las redes sociales, cuando en realidad es un termómetro de la indignación colectiva.
Debemos empezar por lo obvio pero olvidado: el 8 de marzo no es un desfile de agradecimiento, no marchamos para celebrar que somos mujeres, ni para validar las políticas de las instituciones que a la fecha continúan sin dar resultados. Marchamos porque, como dice Silvia Federici: “Históricamente el sistema necesita cuerpos femeninos controlados, precarizados y silenciosos para sostenerse” y, por lo tanto, nosotras buscamos romper esas estructuras, en donde hasta hoy en día, nuestros cuerpos siguen siendo territorio de disputa colonial y mercantil.
Cada mujer y niña que se suma a la marcha del 8M, refleja el síntoma de una sociedad que nos sigue fallando a las mujeres, con la trampa de una narrativa institucional que sostiene que hemos avanzado, que la violencia ha disminuido, que los datos estadísticos han bajado en determinado tipo de delito; pero la realidad estructural nos mantiene como las principales víctimas de la violencia y precariedad.
En Puebla tenemos cifras que se traducen en una deuda pendiente, tan solo hay que mirar los datos que los discursos oficiales suelen matizar:
Feminicidios y violencia extrema: Según el OVSG de la IBERO Puebla, en la entidad ocurre un feminicidio cada siete días en promedio, con un patrón alarmante: en 6 de cada 10 casos, las víctimas conocían a su agresor.
Violencia Familiar: Este es el delito de mayor incidencia. De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Publica hasta noviembre de 2025, las denuncias por violencia familiar en Puebla el promedio mensual fue de 880 carpetas.
Brecha Económica y de Cuidados: Los datos del INEGI (ENOE 2024-2025) son contundentes en Puebla, las mujeres destinan 23.7 horas semanales más que los hombres a tareas del hogar y cuidados no remunerados. Además, persiste una brecha salarial del 15.6 por ciento; es decir, por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer poblana recibe apenas 84 pesos por el mismo trabajo.
Ante estos datos que nos atraviesan a todas las mujeres, es urgente hacer memoria histórica y recordar ¿Por qué marchamos?
La marcha no nació de un deseo de visibilidad femenina, sino de una tragedia laboral y una exigencia de derechos básicos, como lo fueron huelgas de trabajadoras textiles en Nueva York (1908 y 1911) que reclamaban jornadas humanas de 8 horas y el fin del trabajo infantil, por mencionar algunas de las múltiples demandas sociales que ellas exigían.
Recordemos:
Lo que inició como una demanda por pan y rosas, hoy es una lucha por la autonomía total de las mujeres. Según la ONU, al ritmo actual, tardaremos más de 260 años en alcanzar la igualdad real. No tenemos dos siglos para esperar.
Por último, me queda claro que nuestro horizonte es vivir sin miedo. Aspiramos a algo que debería ser el piso mínimo, no el techo: el derecho a la vida. Nuestra lucha es por una sociedad donde ser mujer no sea un factor de riesgo mortal, donde las oportunidades no dependan de estructuras patriarcales y donde los Derechos Humanos de las mujeres no sean moneda de cambio política.
Este 8M ocupamos la calle no para pedir permiso, sino para cobrar la deuda.
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