México y el fantasma de Venezuela

En el imaginario político mexicano ronda un fantasma, nos vamos a convertir en Venezuela. Es un lugar recurrente en ciertos discursos, una advertencia lanzada al aire para encapsular todos los miedos al autoritarismo, la crisis económica y el colapso social. Sin embargo, por más efectista que sea esta analogía, un análisis serio de los contextos políticos, económicos y sociales de ambos países revela que se trata de un espejismo. México cuenta con amortiguadores estructurales que, si bien no lo hacen inmune a graves problemas, limitan radicalmente un desenlace similar.

La diferencia económica estructural es abismal. La economía venezolana experimentó una hiperdependencia del petróleo que llegó a representar más del 95% de sus exportaciones. Cuando los precios cayeron y la gestión estatal ahogó a PDVSA, el país careció de cualquier otro motor para sostenerse. México, en cambio, tiene una economía diversificada en el sector manufacturero, automotriz, también tiene turismo constante, una agricultura fuerte y una integración económica con Estados Unidos que actúa como ancla de estabilidad. La inversión extranjera directa, aunque con altibajos, sigue fluyendo, atraída por el T-MEC. No somos una economía monoexportadora sujeta a un solo commodity.

Los contrapesos políticos y sociales son otro muro de contención. Venezuela, antes del chavismo, tenía instituciones democráticas frágiles y un sistema de partidos en decadencia, lo que facilitó su desmantelamiento progresivo. México, pese a sus graves problemas de corrupción e impunidad, tiene una sociedad civil vibrante, medios de comunicación diversos y críticos, poderes estatales y locales de oposición fuertes y un sistema de partidos plural y competitivo. Un intento de cerrar el Congreso, de someter al Poder Judicial o de silenciar masivamente a la prensa encontraría una resistencia institucional y social de una magnitud distinta.

 


El contexto internacional actual también ilumina diferencias. El reciente y valiente discurso de la líder opositora venezolana María Corina Machado, donde denuncia la profundización de la dictadura y la farsa electoral, sirve, no como un mapa de nuestro futuro, sino como un espejo aleccionador de lo que ocurre cuando se erosionan todas las instituciones. Su voz, amplificada globalmente, recuerda que el camino venezolano no comenzó con hambre y diáspora, sino con la gradual aniquilación de los espacios democráticos. En México, esta lección es observada con atención por amplios sectores de la sociedad que defienden, desde trincheras ideológicas diversas, la integridad del INE, la autonomía judicial y la libertad de expresión.


 

Esto no es, en absoluto, un llamado a la complacencia. México enfrenta grandes desafíos como la desigualdad, violencia criminal, polarización y riesgos reales para la salud democrática. Pero la solución no está en esgrimir fantasmas paralizantes. Está, precisamente, en fortalecer esos factores en los que tenemos grandes diferencias. En defender la diversidad económica, en blindar las instituciones autónomas, en alimentar una sociedad participativa y en rechazar cualquier narrativa que busque simplificar problemas complejos con comparaciones histéricas. El fantasma de Venezuela es un instrumento de polarización, no de análisis. Nuestra tarea es dejar de mirar al espejo distorsionado de otros colapsos y concentrarnos en construir, aquí y ahora, los acuerdos que fortalezcan nuestras propias defensas. El futuro de México se decide en sus realidades, no en los traumas ajenos.



Guillermo Gutiérrez Ortega. Candidato a Doctor en Ciencias de Gobierno y Política. Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico.