Hay un punto muy claro en la trayectoria educativa en México donde todo se vuelve más frágil. No ocurre en primaria ni en secundaria. Es en la educación media superior donde más jóvenes abandonan la escuela, justo en una etapa en la que aparece una alternativa inmediata que compite de frente con estudiar. Trabajar, generar ingresos y aportar en casa.
A los 15, 16 o 17 años, el contexto cambia. Muchos jóvenes pueden integrarse con relativa facilidad a la economía informal. No se les pide experiencia, no se les exige un título, y el ingreso llega rápido. Puede ser poco o inestable, pero es dinero que resuelve necesidades del día a día. Frente a eso, la escuela representa una apuesta a futuro que no siempre es viable cuando las urgencias están en el presente.
No hace tanto me contaron la historia de Rocío, ella, es la mayor de cuatro hermanos y en su casa el dinero apenas alcanza. Cuando terminó la secundaria, la opción de dejar la escuela estaba sobre la mesa. No por falta de interés, incluso, ella había ganado varios concursos académicos, pero su familia necesitaba ingresos. Trabajar en un negocio cercano o ayudar en actividades informales parecía el camino más lógico. Esa no es una historia excepcional. Es una realidad que se repite en muchas familias en México.
En ese contexto, las becas han cambiado el equilibrio de la decisión. No resuelven todos los problemas, pero sí hacen una diferencia concreta. Cuando Michelle supo que podía recibir un apoyo por seguir estudiando, la escuela dejó de ser solo un gasto. Se convirtió también en una opción que aportaba algo al ingreso familiar. No sustituye un salario, pero sí reduce la presión de abandonar.
Los datos muestran que en educación media superior el abandono ha disminuido en los últimos años si se observa con cuidado y se deja fuera el periodo de pandemia. No es un cambio absoluto, pero sí una señal clara de que estos apoyos están incidiendo en la permanencia escolar. En el nivel donde más se abandona, también es donde más se siente el efecto de una política pública bien dirigida.
La discusión no se agota ahí. Dar un apoyo económico no resuelve por completo un problema que tiene raíces más profundas. La calidad educativa, las oportunidades laborales formales y la certeza de que estudiar vale la pena siguen siendo pendientes importantes. Pero también es cierto que, en muchos casos, la diferencia entre quedarse o salir de la escuela pasa por algo tan concreto como poder cubrir los gastos básicos. En esa edad en la que estudiar compite directamente con trabajar, cualquier apoyo que incline la balanza importa. No cambia todo el panorama, pero sí puede cambiar una historia. Y en un país donde muchas decisiones se toman con base en lo inmediato, eso ya es un avance relevante.
Guillermo Gutiérrez Ortega. Candidato a Doctor en Ciencias de Gobierno y Política. Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico.