La senda de Sísifo: existir sin manual

Hay días que se sienten como una repetición incesante de actividades automatizadas. Como si estuviéramos programados para hacer y repetir dentro de un bucle diario: despertar, trabajar, dormir; recorriendo la senda de Sísifo.

El sentido de la vida es una noción que nos golpea en algún punto de nuestra existencia; no es exactamente tristeza; tampoco felicidad; es simplemente la sospecha de que la vida se está repitiendo. La manera en que respondemos a este cuestionamiento puede resultar incómoda. Conceptos como muerte, vida y sentido nos parecen tan vagos y ensombrecedores que preferimos anestesiarlos dentro de nosotros. 

Camus establece un paralelismo entre esta sensación con el mito de Sisifo, el héroe absurdo por excelencia, rebelde metafísico; condenado por los dioses a empujar una roca montaña arriba, solo para verla caer y repetir eternamente sin propósito. Sin destino. Existiendo absurdamente para una tarea absurda. 

No son necesarias una montaña ni una roca literal para reconocer esta condena. Basta con un despertador que suena de lunes a viernes, un trayecto repetido en el transporte, una pantalla encendida, un cuerpo cansado. Empujamos nuestras propias rocas sin preguntarnos cuándo aceptamos hacerlo.

 


Para Camus, el absurdo es el silencio de un universo que no nos responde ante la búsqueda de sentido; un silencio irrazonable que se expande en nuestro ser. El dilema de la existencia en este punto parece sombrío, pero no necesariamente desesperanzador, pues nos invita a mirarlo de frente, no anulando el valor de vivir, sino fundado en la libertad de elección. Y esa es una noción profundamente existencialista.


 

¿Qué hay entonces de las creencias, la fe? Para el autor, no son inválidas, pero tampoco definitivas. Pueden ofrecer consuelo, orientación o esperanza; sin embargo, no sustituyen la responsabilidad individual de otorgar sentido a la propia existencia. Es ahí donde el poder de la elección debe manifestarse.

Sartre en, El existencialismo es un humanismo deposita una postura más radical que la de Camus, asumir la existencia sin manual, y afrontarla señalando que “estamos condenados a ser libres”. No se refiere a una libertad meramente social o política, sino a la libertad como condición ontológica: la imposibilidad de escapar del poder de la decisión.

Basamos nuestra cotidianeidad en la permanente tensión de la decisión. En el existencialismo sartreano no hay responsabilidad más radical que decidir, pues al elegirnos también proyectamos una imagen de lo que creemos que debería ser el ser humano. Estas decisiones no se agotan en lo individual, se extienden como una red de conexiones cuyo alcance suele superar nuestra visión inmediata. Por ejemplo, elegir callar ante una injusticia también es una forma de posicionamiento; la omisión y la no elección también tienen consecuencias.

Elegir atemoriza, pues se nos dificulta tomar decisiones sin garantías. Kierkegaard define este sentimiento como una angustia: el vértigo que produce la posibilidad. Elegir una carrera sin saber si será la correcta, casarse sin poder prever el futuro, invertir en un negocio que podría no ser redituable. La condición humana anhela certezas, pero el absurdo no ofrece absolutos. Ante esto, Kierkegaard propone el salto de fe: no como autodestrucción o irracionalidad ciega, sino como la decisión de asumir la incertidumbre, de ser valientes y abrazar el absurdo con todas sus implicaciones.

Nos encontramos en la senda de Sísifo, existiendo sin manual, cargando a cuestas nuestra roca, viviendo entre temores e incertidumbres, sin garantías de por medio; pero aun así empujando. Sabiéndonos dueños de nuestra roca y aprendices de nuestra montaña, sin renunciar a la voluntad. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.



Daniel Coyotecatl. Es licenciado en Educación Primaria por la Escuela Normal de Puebla, con maestría en Desarrollo Humano y Educativo por la UPAEP y licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad IEU. Docente frente a grupo en nivel primaria desde 2013 y asesor académico. Mi trabajo se centra en la promoción de la lectura, la escritura y el pensamiento crítico como herramientas de transformación personal y social. Promotor de la literatura y la filosofía como pilares indispensables para la formación sensible, humanista y reflexiva. Emprendedor de un proyecto de perfumería cuya visión es proyectar al perfume como una forma de arte, entendiendo el aroma como un lenguaje capaz de narrar historias, evocar memorias y expresar identidad.