Entre la fuerza de las palabras y las grietas de la realidad

La semana pasada este mismo columnista comentó sobre el discurso que no se hereda, y, como mera casualidad, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a tomar el escenario público con la presentación de su nuevo libro. Lo hizo con la misma soltura narrativa que lo acompañó durante años y que definió uno de los estilos políticos más eficaces en la historia reciente del país. Mantiene intacta esa habilidad para convertir cada idea en un relato claro, cercano y emocional. Andrés sigue hablando para su movimiento y su movimiento sigue escuchando, la muestra tangible es que su presentación volvió a establecer agenda en los medios locales y nacionales. Esa parte no ha cambiado.

Lo que sí cambió es el país que lo rodea. Porque hoy ese discurso ya no se sostiene sólo con convicción ni con carisma. El movimiento que él construyó necesita resultados que no terminan de llegar. Necesita que se reduzca la violencia que sigue afectando a las familias todos los días. Necesita que el abasto de medicinas deje de ser una promesa y se convierta en una realidad. Necesita que los indicadores más críticos del país muestren mejoría y que no haya descalificaciones a quienes muestran esos datos, porque cualquier narrativa poderosa se desgasta cuando la realidad que se vive todos los días no corresponde al discurso oficial.

 


Andrés repitió en su presentación una idea que ya había lanzado antes. Dijo que está dispuesto a activarse si considera que la democracia está en peligro. Lo plantea como un llamado de alerta ante amenazas externas. Sin embargo, la paradoja es imposible de ignorar. Hoy muchas de las tensiones democráticas no vienen de los adversarios que él suele mencionar. Vienen del propio movimiento que se formó alrededor de su figura. Las presiones a instituciones autónomas, los intentos de concentrar decisiones y los cuestionamientos constantes a voces críticas han erosionado la misma democracia que él dice querer defender.


 

El lenguaje de Andrés sigue siendo eficaz porque habla de los enemigos comunes y da sentido de pertenencia a cierta parte de la población. Pero una narrativa sin resultados termina convertida en nostalgia. El movimiento que él encabeza no puede sostenerse solo en la memoria de lo que representó. Necesita gobernar con hechos y no con frases. Necesita mejorar la seguridad, garantizar servicios básicos, reconstruir la confianza en las instituciones y respetar los contrapesos que permiten que una democracia siga viva.

El discurso de Andrés fue, durante años, un puente emocional entre él y millones de personas. Ese puente no desapareció, pero ya no carga el peso que cargaba antes. Hoy el movimiento necesita algo más que una voz que inspire. Necesita gobiernos que cumplan. Porque la narrativa puede acompañar, pero no puede sustituir la realidad y la realidad, nos guste o no, ya está pidiendo cuentas y muchas de ellas son poco favorables.

Andrés dejó indicios sobre su próxima presentación de un nuevo libro, este espacio que se abrirá en algún momento del próximo año será determinante para saber si el discurso y su persona siguen con la misma fuerza o como todas las cosas, seguirá el deterioro del tiempo y por consecuencia del olvido. Esperemos por el bien del movimiento que se visibilicen perfiles que pueden ayudar a la narrativa con buenos resultados y haciendo el cambio que llego en palabras, pero no termina de llegar en los hechos.

 



Guillermo Gutiérrez Ortega. Candidato a Doctor en Ciencias de Gobierno y Política. Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico.