Emprender sigue siendo un terreno desigual para muchas mujeres y jóvenes, incluso cuando el discurso público insiste en que las oportunidades están abiertas para todas y todos. La realidad es menos optimista. Iniciar un negocio implica enfrentar barreras que no aparecen en los manuales ni en las campañas motivacionales. Falta de capital, redes limitadas, desconfianza del entorno y una carga de expectativas que rara vez se impone a otros perfiles.
Para muchas mujeres, el primer obstáculo aparece antes de vender el primer producto. Conseguir financiamiento sigue siendo más complicado cuando no se cuenta con avales, historial crediticio o contactos influyentes. A esto se suma una cultura que cuestiona constantemente su capacidad para liderar o tomar decisiones financieras. No es raro que se les pida demostrar más, justificar cada paso o explicar por qué emprenden en lugar de optar por caminos considerados más seguros.
Las jóvenes enfrentan un reto distinto, aunque igual de profundo. La edad suele convertirse en un argumento para minimizar ideas, frenar proyectos o posponer apoyos. Se les dice que todavía no es el momento, que primero acumulen experiencia o que esperen mejores condiciones. El problema es que esas condiciones casi nunca llegan solas. Sin acceso a recursos, mentorías o espacios donde equivocarse sin consecuencias irreversibles, muchas iniciativas se quedan en el intento.
Otro factor clave es el tiempo. Emprender exige horas, energía y constancia. Para muchas mujeres, estas demandas se cruzan con responsabilidades de cuidado que el mercado y el Estado siguen sin reconocer plenamente. La falta de servicios accesibles de cuidado infantil o de esquemas laborales flexibles limita la posibilidad de dedicarle al negocio lo que realmente necesita. El emprendimiento se vuelve entonces un acto de resistencia cotidiana más que una elección libre.
A pesar de este escenario, mujeres y jóvenes siguen emprendiendo. Lo hacen porque buscan independencia económica, porque quieren transformar su entorno o porque el mercado laboral tradicional no les ofrece opciones dignas. En ese camino generan empleo, innovación y redes de apoyo que sostienen comunidades enteras. Sin embargo, el éxito individual no debería ocultar la falta de condiciones estructurales.
Hablar de emprendimiento sin hablar de desigualdad es incompleto. Si se quiere que más mujeres y jóvenes emprendan, no basta con alentarlos a intentarlo. Se requieren políticas públicas que faciliten el acceso al crédito, acompañamiento técnico real, formación financiera y sistemas de cuidado que liberen tiempo y energía. Emprender no debería depender del sacrificio extremo ni de la suerte.
El reto no es que las mujeres y las jóvenes se atrevan. Ya lo hacen todos los días. El verdadero desafío es construir un entorno que no las obligue a hacerlo siempre cuesta arriba.
Briseida Jochebed Báez Celestino. Es una joven emprendedora mexicana y conferencista. Es fundadora de Coffee Music and Details, una marca que une la creatividad con la responsabilidad social, y creadora de Tierra Mágica, un proyecto sustentable que promueve el cultivo orgánico y la autosuficiencia alimentaria. Actualmente estudia Administración de Empresas y es directora de la comunidad Jóvenes Emprendedores en Acción, desde donde impulsa, conecta y motiva a jóvenes que buscan generar un impacto positivo en su entorno.