Emprender para sostenerlo todo

Hay una escena que se repite todos los días y que pocas veces se reconoce con claridad. Mujeres que trabajan, que cuidan, que administran, que resuelven. Muchas de ellas, además, emprenden. No porque sea una moda o una elección cómoda, sino porque es una necesidad que se convierte en oportunidad. En contextos donde el empleo formal no siempre está disponible o es insuficiente, el emprendimiento femenino se vuelve una estrategia de supervivencia y de crecimiento al mismo tiempo.

El problema es que este esfuerzo ocurre en condiciones desiguales desde el inicio. Las mujeres enfrentan mayores dificultades para acceder a crédito, menos redes de apoyo, más carga de trabajo doméstico y, en muchos casos, barreras culturales que siguen cuestionando su autonomía económica. Aun así, emprenden. Lo hacen en pequeño, en lo local, en lo cotidiano. Negocios que empiezan en casa, que crecen poco a poco, que se sostienen con disciplina más que con financiamiento.

Ese emprendimiento tiene un efecto directo en la economía familiar. No es ingreso accesorio. Es dinero que paga comida, escuela, transporte, salud. Es estabilidad en contextos donde muchas veces no hay otra fuente segura. Cuando una mujer emprende, no solo genera ingresos, también diversifica el riesgo del hogar. Si una fuente falla, hay otra que sostiene. Eso cambia la lógica económica de la familia.

Pero hay algo más profundo que suele pasar desapercibido. Ese ingreso no sustituye otras responsabilidades. Se suma. Muchas mujeres trabajan fuera o emprenden y al mismo tiempo siguen siendo las principales responsables del trabajo doméstico y de cuidados. Esto significa que, en la práctica, trabajan dos o hasta tres jornadas. Una remunerada, otra no remunerada, otra emocional que rara vez se nombra pero que está presente todos los días.

Esto no es solo una cuestión de esfuerzo individual. Es una estructura que distribuye de manera desigual el tiempo y las cargas. Mientras no se modifique esa base, el emprendimiento femenino seguirá ocurriendo en condiciones de desventaja. No por falta de capacidad, sino por exceso de responsabilidades. Aun así, los resultados están ahí. Negocios que funcionan, familias que se sostienen, economías locales que se mueven.

 


Entonces la pregunta es inevitable. ¿Qué pasaría si ese mismo impulso emprendedor tuviera condiciones más justas? Acceso real a financiamiento, redes de apoyo, corresponsabilidad en el hogar. El potencial económico sería mucho mayor. No se trata de ayudar, se trata de quitar obstáculos que hoy limitan algo que ya está ocurriendo.


 

Reconocer esto implica cambiar la forma en que se ve el trabajo. No es solo el empleo formal lo que sostiene la economía. También lo hace ese entramado de pequeños emprendimientos que muchas mujeres impulsan todos los días. Ahí hay productividad, hay generación de valor, hay resiliencia económica. Solo que no siempre se mide ni se visibiliza.

Al final, el emprendimiento femenino no es una excepción, es una constante. Lo que falta es entender su dimensión real. No como una historia inspiradora aislada, sino como una pieza central de la economía cotidiana. Una pieza que, además, se sostiene con una carga de trabajo que sigue siendo profundamente desigual.

 



Briseida Jochebed Báez Celestino. Es una joven emprendedora mexicana y conferencista. Es fundadora de Coffee Music and Details, una marca que une la creatividad con la responsabilidad social, y creadora de Tierra Mágica, un proyecto sustentable que promueve el cultivo orgánico y la autosuficiencia alimentaria. Actualmente estudia Administración de Empresas y es directora de la comunidad Jóvenes Emprendedores en Acción, desde donde impulsa, conecta y motiva a jóvenes que buscan generar un impacto positivo en su entorno.