Tras cada 8 de marzo, el guion se repite con una precisión quirúrgica. Mientras las calles aún resuenan con la voz de mujeres y niñas con exigencias de justicia para vivir una vida libre de violencia, algunos gobiernos y grupos partidistas conservadores, gran parte de la prensa alineada al sistema patriarcal y una opinión pública, que mayoritariamente es masculina y de sectores pertenecientes a la machósfera (ese ecosistema digital que destila misoginia y resistencia al avance de los derechos de las mujeres, argumentando que los hombres pierden derechos) activan una maquinaria de desprestigio, diseñada para desplazar el foco de la emergencia nacional que representan los feminicidios y la violencia de género, hacia la crítica punitivista de “¡esas no son las formas!”, utilizando casos como el incidente de la marcha del 8 de marzo en Campeche y demás hechos en el país, para alimentar un discurso de odio que busca fragmentar la lucha colectiva de las mujeres.
El contexto
Tomaré como ejemplo los hechos ocurridos en la marcha del pasado 8 de marzo en Campeche, una mujer fue captada en video prendiendo fuego a un grupo de mujeres policías que resguardaban el Palacio de Gobierno y la cual ya ha sido vinculada a proceso por tales hechos. Tras estos acontecimientos, se viralizaron videos y notas de prensa que buscan polarizar la lucha de las mujeres, argumentando el odio entre mujeres. Ante estos hechos, surge la primera pregunta sobre cómo se fabrican estas narrativas.
El ingrediente principal es la forma de operar del Estado en coordinación con los medios de comunicación y el proceso de construcción de los personajes “víctimas vs victimaria”, en donde suelen utilizar a las mujeres que pertenecen a instituciones de seguridad pública, “las policias” como victimas, y crear un falso dilema moral (violencia de mujeres contra mujeres) enfocando la narrativa en el daño físico o el riesgo que corrieron las mujeres policías ante las “protestas feministas”, lo que desplaza el foco de atención de la marcha contra la violencia sistémica, hacia un incidente aislado de violencia individual que no representa la lucha colectiva, pero que buscan proyectar que el movimiento feminista es incoherente porque agrede a otras mujeres, ignorando que las policías están ahí, representando el brazo ejecutor del Estado.
Las instituciones como parte del sistema, implementan la táctica de la “división de género” que busca instrumentalizar la identidad de género de las policías para despojar a la protesta de su carácter político, pues cuando una mujer policía resulta herida, el discurso oficial dice: “una mujer policía fue atacada por feministas”. Esto reduce un conflicto político-social a una supuesta pelea entre mujeres, lo cual es una forma de condescendencia patriarcal que busca despolitizar el movimiento.
Recordemos el tradicional uso de la policía de los modos la cual sirve para dictar cuáles protestas son válidas y cuáles no, pues se usa la figura de la mujer policía como el símbolo del deber y la paz frente a la manifestante violenta. Esto permite que la opinión pública ignore el simbolismo de la marcha y la iconoclasia que deriva de ella (que busca visibilizar que las vidas valen más que las paredes) concentrándose únicamente en el castigo.
Ahora, tras haber terminado marzo con su marea de pañoletas y vestimentas moradas, deberíamos detenernos a cuestionar el nuevo feminismo de Estado y cómo el gobierno usa un discurso promujer sólo cuando le conviene para fotos y eventos “accesorio”, ese que tiene una agenda selectiva de los temas de mujeres, siempre y cuando no están fuera del orden moral o haga demasiado ruido que incomode, pues el objetivo del feminismo de Estado no es cambiar el sistema de opresión de las mujeres, sino más bien, seguir sosteniéndolo.
Otro cuestionamiento que debemos hacer, es cómo los medios de comunicación y la machósfera, centran la narrativa de desprestigio y odio a las luchas de las mujeres, a través del discurso el peor enemigo de una mujer es otra mujer, en donde se busca utilizar el dolor de unas para invalidar la rabia legítima de otras, convirtiendo la marcha del 8M (que es un acto político de memoria y protesta), en un simple acto de delincuencia, fragmentándolo mediante la opinión pública y así mantener el status quo patriarcal.
Esta estrategia es una violación directa al espíritu de la Convención de Belém do Pará, piedra angular en América Latina, que establece, que la violencia contra la mujer es una ofensa a la dignidad humana y una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales. Por ello, al instrumentalizar a las mujeres policías para criminalizar la protesta, el Estado no sólo evade su responsabilidad de garantizar una vida libre de violencia, sino que utiliza el aparato institucional para generar un enfrentamiento fratricida que invisibiliza el fondo del reclamo: la omisión sistémica de las autoridades ante la violencia de género, impulsado por narrativas sin perspectiva de género como mecanismos de revictimización simbólica.
El entramado de los feminismos en América Latina ha demostrado que la lucha es diversa y situada. No podemos permitir que las acciones individuales (magnificadas por algoritmos de la machósfera y el Estado patriarcal) pesen más que la potencia de un movimiento de mujeres que sostienen la vida. La machósfera y el Estado, utilizan estos episodios aislados para construir una falsa equivalencia: equiparan la rabia digna de las mujeres con la violencia opresora del sistema por la que se protesta.
Creo que es momento oportuno para exigir una ética de la comunicación y fortalecer a la prensa con perspectiva de género, para romper el megáfono de la desinformación patriarcal que día a día alimenta la machósfera; y por otro lado, exigirle al Estado, que si está tan preocupado por la integridad de las mujeres, que empiece por cumplir con las recomendaciones de la CEDAW, la Convención Belém do Pará y atender con resultados reales la Alerta de Violencia de Género, en lugar de usarnos en pasarelas moradas de fotos y artistas.
Es aquí donde debemos ser contundentes
Las acciones individuales, por más polémicas que resulten en la lente de una cámara y que buscan construir un estigma social para deslegitimar al feminismo, etiquetándolo de “violento” para justificar la inacción gubernamental y la censura social, no deben pesar más que la lucha colectiva, ni desviar la atención de la demanda estructural, ni mucho menos ignorar a las miles de madres que buscan a sus hijas o a las mujeres que sobreviven a un sistema de justicia que las revictimiza cada día o las familias de las victimas de feminicidio que buscan verdad y justicia.
La falta de perspectiva de género en las instituciones del Estado y los medios de comunicación incluyendo la machósfera, resulta ser el combustible de una narrativa deshonesta que busca enfrentar a mujeres contra mujeres, usando la tragedia de unas para silenciar la exigencia de todas o peor, usar a las mujeres para eventos accesorio que solo alimenta egos pero no resuelve las problemáticas de fondo que viven las mujeres en las periferias día a día. Por último, decir que aunque intenten reducir nuestra lucha feminista a un titular escandaloso de desprestigio, la marea no se detiene por una pared limpia o una narrativa impuesta que busca criminalizar.
Un mensaje personal:
Los cuestionamientos que me hago todos los días: ¿Por qué la destrucción de objetos genera más indignación institucional y social, que la violencia real contra los cuerpos de las mujeres y niñas que día a día ocurre en México? ¿Será que tenemos anestesia social, esa que, de tanto ver la violencia contra las mujeres en medios de comunicación y redes sociales, ha transformado nuestra percepción de la realidad, normalizando los hechos como cotidianos? ¿Será que nos hemos adaptado a sobrevivir en un estado constante de inseguridad y violencia?
Guedany Figueiras Ayala. Es Consejera ciudadana de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla. Activista, Defensora de derechos humanos y feminista. Asesora de Derechos Humanos y Género a colectivas feministas, organizaciones LGBTTTIQ+ y asociaciones civiles; tallerista y conferencista con especialidad en perspectiva de género, violencia de género, derechos humanos y sistema de cuidados para el desarrollo comunitario. Comisionada de mujeres del Movimiento Popular Progresista de Puebla e impulsora de la red latinoamericana de mujeres en politica (15 paises 100 mujeres). Integrante de las Colectivas Feministas de Izquierda 19 de marzo y Colectiva Por las mujeres de Puebla. Maestra en Derecho y Licenciada en Relaciones Internacionales, por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En 2023, ponente en el III Foro Mundial de Derechos Humanos en Buenos Aires, Argentina convocado por UNESCO y organismos internacionales y en 2025, como ponente en el 8th International Conference on Future of Women, re grounding feminisms: theory and praxis en Bangkok, Tailandia, Convocado por The Asian-African Association for Women, Gender and Sexuality (AAAWGS) y All Women’s Action Society (AWAM).