Bad Bunny en el Super Bowl no es un hype momentáneo. Es como una cubetada de agua fría necesaria en la industria del entretenimiento, que desde hace algún tiempo ha querido mantenernos en la zona cómoda de lo digerible y la hipocresía. La llegada de Benito a ese espacio es consecuencia de años de trabajo constante en el desarrollo de su propuesta musical, pero también política. Es hacer nuestro el espectáculo deportivo insignia de la cultura gringa.
Después de ganar el Grammy a Álbum del Año, un reconocimiento que para muchos latinos significó un “por fin se nos coloca más allá de una categoría menor” su actuación en el espectáculo más visto del planeta se vuelve más que un show, es una declaración de presencia, una expectativa de respuesta a la situación interna de los Estados Unidos en este momento: el cuestionamiento a la decadencia del dominio de la cultura blanca y sus crisis ante la realidad étnica, social y cultural de su territorio y que el trumpismo representa en su rostro más vil.
Y claro, llueven las críticas. Que si es activismo performativo, que si hay postureo ético, que si es política de escaparate. Se confunde visibilidad con pose, se ejerce una crítica como si él nunca hubiera estado en la periferia del mainstream. El activismo performativo no existe en el vacío: responde a la necesidad de narrativas que instalen sentido, que señalen desigualdades, que expongan injusticias. No es un meme; es discurso.
Criticarlo por hacer y decir es la forma más elegante de pedir silencio. Y eso, es justo lo que no necesitamos ahora.
Y más, es práctica política desde el quehacer artístico, y no de ahora, ahí estaba junto a otros artistas portorriqueños durante las manifestaciones durante el verano del 19, que se ve lejano por el periodo pandémico, pero es parte de la línea de intervención en la vida pública del Conejo.
Bad Bunny dijo lo que pocos quieren escuchar sobre ICE y el odio que se ha normalizado no con intención discursiva pulcra, sino desde la experiencia y la rabia, es ciudadano de un territorio colonia de los Estados Unidos; y esa incomodidad que provoca en algunos, incluido Donald Trump, es exactamente lo que lo convierte en figura relevante: siempre será preferible tener esas voces en esos escenarios de proyección incidiendo en la conversación pública, que el cómodo agradecimiento a Dios, la familia y los productores. Esto no es un pin en la alfombra roja de un Grammy: es una lanza en la arena pública donde los artistas latinos pelean ser reconocidos en su condición no solo de ciudadanos, sino de humanos, y no solo consumidos.
Si su activismo fuera solo performativo, se esfumaría después de cada tendencia. Poco después de cada ceremonia de premiación. Pero sus palabras han encendido debates reales, han puesto sobre la mesa discusiones que muchos medios prefieren disfrazar de entretenimiento. El Super Bowl, donde hablar en español y sobre migración puede ser visto por la ultraderecha como provocación, deja de ser neutral. Y si eso molesta, que incomode. Estamos en una disyuntiva entre volver a un orden fascista o repensar el mundo con creatividad y paciencia, ahí es donde cabe y resuena la reflexión contra el odio de Bad Bunny el domingo pasado.
El problema no es el arte politizado: es la comodidad de quienes creen que la política solo existe en las urnas, en la pureza militante del activismo de tiempo completo, en el cubículo de los profesores investigadores y no en las líneas de una canción ni en los silbidos del odio. El gesto, lejos de ser vacío, es un espejo: nos obliga a ver quiénes somos y a quienes pretenden ignorarnos.
Una verdad es verdad, a pesar de quien la diga. En tiempos de fascismo lo peor que podemos hacer es ningunear y cuestionar las voces que lo confrontan desde su quehacer, y más si éste es escuchado por millones de personas en el planeta. Aprovechemos, mejor, la cresta de la ola.
Seguro el lunes la conversación no será sobre el triunfo de alguno de los equipos que se confrontan, sino el statement de Bad Bunny, y eso es otra pequeña batalla ganada contra la voz del odio.
Brahim Zamora Salazar. Es ajonjolí de muchos moles. Le gusta participar de la vida pública de Puebla del lado de la sociedad civil y siempre a la izquierda; además es promotor cultural, tanguero y milonguero, poeta y profesa un profundo amor por el cine. Ha trabajado en medios, ONG e instituciones educativas.
Actualmente, también es director de Común.